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Publicación: 22/06/2020

ES JUSTO QUE INDIVIDUOS RESPONSABLES PAGUEN CON SU LIBERTAD EL ACCIONAR DE UN PUÑADO DE IRRESPONSABLES?

POR SANTIAGO TULIÁN. En la escuela los maestros suelen decirle al estudiante travieso que lo “tienen de punto”. Esto significa, básicamente, que si por esas casualidades de la vida llega a suceder algún hecho desafortunado en la institución las miradas van a apuntar hacia una sola persona. Este pequeño diablillo siempre va a gozar de esta sospecha y deberá aprender a seleccionar las palabras adecuadas para no inculparse por más que no haya hecho nada. Alguien, y con cierta razón, me podrá decir que dicha reputación no ha sido en vano, se generó a raíz de que el revoltoso estudiante realizó determinadas conductas que tuvieron como consecuencia dicho estigma, lo cual es cierto pero no por ello menos criticable.

En el lenguaje de la lógica argumentativa existen falacias. Una de ellas se denomina “la falacia de la composición”, más conocida como “la falacia del todo por la parte”. Para explicarla me voy a valer de un sencillo ejemplo. Supongamos que tengo un amigo que se llama Pedro. Mi amigo Pedro es una mala persona, pues carece de empatía. A raíz de esta situación, pienso: como Pedro es mala gente, mi conclusión es que todas las personas que se llaman “Pedro” son mala gente. Grosero error, ¿no cierto? Bueno, por más absurdo que parezca, de esa manera razona el Estado en muchísimas oportunidades. Vamos a ilustrar otra situación que sirva de ejemplo. Si te gusta el fútbol seguramente hayas ido a ver a tu equipo a la cancha. La secuencia es más o menos la siguiente: llegas a las proximidades del estadio. Estacionaste tu auto en la vía pública, cerca de la cancha. Apenas terminas de realizar la última maniobra que ya está apareciendo un hombre para cobrarte una tarifa por dejar tu auto en la calle, en un espacio público. Es una suerte de acuerdo forzado, en donde el dinero se utiliza no para asegurarse un lugar en la calle sino para evitar que te destrocen el vehículo. Se trata de un lenguaje implícito, un código. No es necesario que te lo digan, ya sabes que va a pasar. Al estilo de una mafia. Seguís tu trayecto, ya pasaste el primer “peaje”. Vas camino a la cancha. Entusiasmado. De repente una larga fila, es la policía haciendo los famosos “cacheos”. Situaciones hostiles sí las hay. Los uniformados, sedientos de sangre, desatan toda la violencia que llevan guardada durante la semana en revisar que no ingreses al estadio ningún artefacto indebido. Fumas, tuviste la desgracia de tener un encendedor en tu bolsillo. Terrible quilombo te comes y además lo perdés. Mientras protagonizas esta tragicómica situación, a tu lado, y sin ningún tipo de resistencia, pasa una muchachada eufórica. Se les nota la violencia en las miradas, prejuicio que se puede corroborar prestando atención a sus comportamientos. Tienen bombos, bebidas alcohólicas, consumen drogas y algunos hasta portan algún arma. No importa, ellos pasan, son de fiar. Sentís un odio visceral por dentro. Primero te obligaron a abonar una tarifa para no perder tu auto, luego te violaron con el control policial y, como frutilla del postre, los jefes de aquellos que te obligaron a pagar por estacionar el auto en la vía pública gozan del privilegio de no tener que soportar dicho abusivo control. La rabia te carcome la cabeza. Es sabido que esos muchachos están flojos de papeles, de hecho tienen tatuajes que demuestran su paso por la prisión.  Te preguntas: “¿acaso estos controles no existen por personas como estos que acaban de pasar?” A pesar de que tu juicio está nublado por tu violencia reprimida, tu razonamiento no falla. Los controles se inventaron por culpa de estos inadaptados sociales, delincuentes que, paradójicamente, gozan del visto bueno de las fuerzas policiales. Pero vos, que sos una persona civilizada, te encontrás sometido al más estricto control policial. Te tratan como si fueses un delincuente, como si pudieses provocar algún hecho de violencia dentro del estadio. Te lo cuento y entendés de qué te hablo. Te sentís identificado. No comprendes como nunca te detuviste a pensar esta locura. La vivís con naturalidad. Asumís que debes pagar el precio de ser considerado un sospecho por algo que difícilmente vayas a cometer. Los que rompen las reglas no son perseguidos y vos, ciudadano ilustre, sí. La falacia del todo por la parte, devuelta. La consecuencia de unos anti sociales es la represión de personas honestas. El resultado final será la degradación de los honestos. Ojalá que no.

¿Existe alguna relación entre nuestro estudiante revoltoso, la persona pacífica que quiere ir a la cancha a ver su equipo y la falta de libertad producto del aislamiento social, preventivo y obligatorio?

En la gran mayoría de los países del mundo las cuarentenas se han flexibilizado. Los ciudadanos han sido instruidos para tomar excesivos recaudos de higiene a la hora de movilizarse. Hay restricciones a la libertad pero en menor medida. Existe una confianza de los Estados hacia sus ciudadanos. Han superado, en líneas generales, aquella “minoría de edad” de la cual hablaba Inmanuel Kant. No necesitan de un organismo centralizado y paternalista que les digan que tienen que hacer. Saben cómo coexistir y se hacen responsables de sus decisiones: si no toman los recaudos necesarios para cuidarse son conscientes de las consecuencias. No son niños. Algo que no ocurre en nuestro país. Si bien basta con salir un minuto a la calle para darse cuenta que la cuarentena está flexibilizada “de hecho”, lo cierto es que jurídicamente no lo está. Y ello es muy importante, pues según los registros oficiales del Estado el mandato sigue siendo “quédate en casa y salí para asuntos urgentes”. El gobierno sabe que su premisa no se cumple pero le sirve como escudo protector para excusarse si la situación se desborda. De hecho el presidente ya abrió el paraguas al decir que la cantidad de casos subió como resultado de los “runners”, personas que han salido a practicar un poco de actividad física durante las noches porteñas. Un juego de palabras para debilitar a Horacio Rodríguez Larreta, cuya imagen positiva sube mientras que la del presidente cae. La idea de que para el discurso oficial estemos en cuarentena dura, aunque la realidad sea distinta, es seductora para muchos argentinos ya que se trata de un escenario bien hipócrita, como nos suele gustar a nosotros. Decir una cosa pero hacer otra. La rigidez de la medida represiva de la libertad está fundada en el hecho de que un puñado de irresponsables que, estando en medio de una pandemia, organizaron fiestas y asistieron a cumpleaños provocando virulentos rebrotes. Otra vez, la falacia del todo por la parte. ¿Qué pasa con el resto de la ciudadanía, con aquellos responsables que son lo suficientemente maduros como para tomar recaudos y gozar de mayor libertad? ¿Acaso debemos ser tratados como niños por culpa de unos cuantos estúpidos? ¿Hasta cuándo vamos a tener que seguir soportando este razonamiento estatal que termina perjudicando a los civilizados?

 

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