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Publicación: 16/03/2020

LA UNIDAD NACIONAL EN TIEMPOS DE PANDEMIA

Los tiempos que corren han convertido al ser humano en uno que actúa ante la aparición de los hechos. Es que, si bien hemos evolucionado como especie, lo cierto es que la vorágine en la que se vive sumado a la interconectividad, como resultado del avance de la tecnología, nos obliga a tener que actuar en consecuencia y relegar la planificación. Nos cuesta, y mucho, realizar tácticas y armar esquemas que nos permitan dirimir los conflictos cotidianos que se nos presentan y, así, evitar resolver nuestros asuntos a último momento. Desgraciadamente, la realidad le gana a la expectativa.

Un factor que nos prende esa alarma interna y nos dice “esta vez vamos a hacer las cosas bien, con tiempo, porque `mejor prevenir que curar´” es el miedo. Este mecanismo de supervivencia que hemos heredado de nuestros antepasados es una especie de alarma que se encendía (y enciende) ante situaciones que suponían un riesgo para nuestra existencia. Por ejemplo, si un “hombre de neandertal” se encontraba caminando por un bosque y escuchaba el rugido de algún lobo, automáticamente se encendía este mecanismo que le alertaba que estuviera alerta, que su vida corría peligro. En la actualidad, si bien la función del miedo sigue siendo aquella que le dio origen, lo cierto es que se ha desvirtuado su razón de ser y, por diversos motivos de orden psicológico relacionados con las sociedades de hoy en día y, en muchos casos, con ciertos estándares socio-culturales que se nos imponen, se ha vuelto un arma de doble filo que puede ser cuasi letal. Se trata, curiosamente, de una deformación de este mecanismo que enciende a esta especie de alarma ante situaciones en las que verdaderamente no se observa un peligro real y la persona, irracionalmente, comienza a entrar en pánico. Contradictoriamente, en algunas personas ocurre exactamente lo contrario: ante hechos en los cuales se puede apreciar un peligro cierto y certero minimizan las consecuencias, en cierta manera apagan paulatinamente esta alarma, y cuando se encuentran cara a cara con la situación riesgosa entran en pánico. Estas dos situaciones son las que debemos evitar.

A la primera faceta del miedo le encuentro algún paralelismo con algunos hechos que estamos viviendo en nuestro país, como por ejemplo: la compra masiva de alcohol en gel, barbijos, alimentos y la divulgación de alguna información cuya fuente es de dudosa procedencia.

La segunda faceta del miedo descrita anteriormente, pareciera hace alusión al caso Italiano: allí lo que ocurrió fue que al anoticiarse de la expansión del COVID-19 en China, particularmente en Wuhan, los italianos en general le restaron importancia a la situación, la vieron muy lejana, decidieron en cierta medida apagar la alarma del miedo, y ahora, que se encuentran de frente con la situación de riesgo, no solamente entraron en pánico sino que a raíz de ese pánico generado no saben cómo reaccionar para contener al virus (Italia lleva 1809 fallecidos y alrededor de 25.000 infectados- los cuales incluyen los ya curados-).

Dicho esto, vale realizar algunas aclaraciones: no se trata de ponerse en un pedestal y empezar a juzgar a todos los países del mundo: “que si Italia subestimó” o “que si Argentina está sobreestimando” o “que esto es culpa de los chinos”, etc. El punto es ser conscientes de que estamos, como dijo la OMS, ante una pandemia que tiene un alto grado de contagio y que en mayor o menor medida, según el especialista que se consulte, está terminando con la vida de mucha gente. Es decir, la pandemia ya se desató, el desafío es encarar la situación de la mejor manera posible, de modo que tenga el menor impacto. Sin dudas, es un momento que nos exige estar juntos como país. Debemos apoyar a nuestro gobierno, independientemente de si nos encontramos ideológicamente más cercanos o no, exigirle que tome las medidas necesarias para preservar nuestra salud y criticarlo si no pone la atención que requiere la situación. En esa línea de derribar las fronteras partidarias, es dable destacar que, según la opinión de muchos especialistas de la salud, las medidas que tomó y está tomando la Argentina resultan muy prudentes y son las que los países que hoy se encuentran con mayores dificultades debieron haber tomado cuando estaban en el mismo estadio de la pandemia que nosotros, la llamada “fase de contención”, como lo son: el cierre de fronteras, las licencias para mayores de 60 años y quienes encuadren dentro de los denominados “grupos de riesgos” (enfermedades respiratorias crónicas, enfermedades cardíacas, inmunodeficiencias congénitas o adquiridas, pacientes oncohematológicos y trasplantados, obesos mórbidos y diabéticos), el cese de actividades presenciales en escuelas y jardines, la sugerencia a implementar dicho cese a universidades, la promoción del trabajo bajo la modalidad “home- office” y el diseño de un sistema de transporte público que limite el contacto entre las personas para evitar propagar al virus (un proyecto sobre el que se está trabajando y que resulta imprescindible su implementación).

Quienes hace unos meses parecían tener posiciones políticas irreconciliables hoy se encuentran dialogando en la misma mesa y el día de ayer dieron una conferencia de prensa juntos. No es tiempo para sacar ventajas políticas ni para promover el miedo irracional. Es una situación que nos exige encender la alarma del miedo, pero debemos ser cautelosos en nuestros cuidados personales para evitar apretar el botón del pánico y esparcirlo por toda la sociedad argentina.

Se me viene a la cabeza la presencia de un sinnúmero de gente proveniente de diversos partidos políticos a Plaza de Mayo en 1987 para sostener la democracia. Hoy ese apoyo debemos hacerlo desde nuestras casas, concientizandonos entre todos a través de las redes sociales y colaborando para superar este momento que, al igual que lo hemos hecho en reiteradas situaciones adversas, tengo la esperanza de que lo vamos a lograr. Por SANTIAGO TULIÁN editorialista del  Multimedios Prisma.

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